Cuando el belcanto remonta vuelo es necesario parafrasear a Mendelssohn y sus “alas del canto”. Como prueba irrefutable desfilan los años inmediatos a la posguerra, protagonistas del resurgimiento del más arduo y exquisito arte de cantar: el belcanto romántico italiano. Adictivo como pocos (o ninguno) el género se presta a fuegos de artificio vocales estratosféricos mientras posibilita la expresión trágica capaz de revelar música de la mejor siempre y cuando halle a su vehículo ideal.
María Callas fue entonces su más insigne vestal. Una constelación la siguió dignamente sentando las bases para la comprensión cabal del fenómeno “belcantista” originando divas emblemáticas como Sutherland, Caballé, Sills, Scotto y Gencer. Gracias al DVD, el aficionado puede disfrutar de la generación que las sucedió permitiéndole constatar no sólo los estándards actuales sino medir a veteranas (Anderson, Gruberova y Devia) con jóvenes (Dessi, Cedolins, Dessay, Mosuc, Massis, etc.) quienes, como sus precursoras, se miden con mayor o menor fortuna con las heroínas elegidas.
Vale destacar que con la “incantable” Norma las espectativas generalmente son excesivas. Si hacer justicia al más exigente rol belcantista, máxime con los fantasmas del pasado, duplica el desafío, debe puntualizarse que Fiorenza Cedolins cumple dignamente como la sacerdotisa druida en la moderna produccion liceística de Francesco Negrin que, resuelta en dos sugestivos planos, ubica arriba a Roma y abajo las Galias oprimidas. La sinceridad del canto de Cedolins, su timbre redondo y homogéneo permiten que, no sin escollos, pueda salir airosa en un personaje que madurará. Cuenta con la fogueada Adalgisa de Sonia Ganassi (la misma de Gruberova en el DVD muniqués) y el desigual Pollione de Vincenzo La Scola dirigidos por Giuliano Carella para una edición recomendable (Norma, ARTHAUS 101 465).
Más aún con Medea se hace imposible obviar el espectro de Callas, un feroz vendaval que si tomó licencias que hoy serían cuestionadas, literalmente encarnó a la mítica hechicera. En la misma versión italiana de la ríspida ópera de Cherubini pero, desde una perspectiva mas clásica la bella Anna Caterina Antonacci se atreve, y si el rol le queda grande, sabe cómo entrar en la piel del personaje. No pretende igualarse con su predecesora, la voz es pequeña pero bien manejada, sólo ciertos agudos emergen tensos; lúcida y dúctil como actriz sólo se extraña mayor garra innata. La puesta de Hugo de Ana es bella y sugestiva sin dejar claro la razón de algunas elecciones escénicas algo anacrónicas. La edición subsana la importante ausencia en DVD de un título fundamental, por eso es especialmente bienvenida (Medea, HARDY HDC 4038).
De la trilogía Tudor donizettiana llega una versión de Roberto Devereux y dos de María Estuardo. Esta última escenifica una famosa confrontación ficticia entre María e Isabel de Inglaterra, capolavoro de Donizetti basado en la monumental pieza de Schiller. En este duelo ambas cantantes se sacan chispa en la efectiva puesta en escena de Pier Luigi Pizzi, modelo de funcionalidad, elegancia y sencillez. Si Anna Caterina Antonacci es una Isabel, intachable es la magnífica protagonista de Mariella Devia quien se roba la función en el papel compuesto para la legendaria María Malibrán. A los 60 años, con su batería de recursos intacta, la soprano ligurense da cátedra estilística exhibiendo una línea de canto incomparable, esencialmente italiana. El joven tenor Francesco Meli aporta un Leicester de bellísimo timbre. Ciertas debilidades estructurales de la ópera pasan desapercibidas gracias a esta memorable producción donde la última escena, la sublime plegaria antes de su ejecución, deja pidiendo por más (María Stuarda, ARTHAUS 101 361).
La misma puesta de Pizzi (largamente asociado a éste título desde su revival con Leyla Gencer en 1967) se aprecia desde el teatro Sferisterio de Macerata. Aunque acertadas, ambas protagonistas (Piscitelli y Polverelli) empalidecen frente a sus rivales escalígeras de ahí que si “dos reinas en una sola isla es coquetear con el desastre” tampoco queda demasiado lugar para esta versión excelentemente dirigida por Riccardo Frizza (María Stuarda; NAXOS 2.110268).
El indeleble recuerdo de Beverly Sills (y por qué no Bette Davis como su contraparte cinematográfica) dificultan una aproximación imparcial a toda nueva “reina tirana” en Devereux, quizás la última gran ópera donizettiana. Sills admitió haberse dado el gusto pese a que en el desafío sacrificó años de carrera y Dimitra Theodossiou logra acercarse a la norteamericana en una formidable asunción de uno de lo mas arduos roles de “bravura”. No sorprende la meteórica carrera europea de esta voz ágil, algo cruda en instancias. Con envidiable solvencia, frontal y sin amaneramientos la griega va creciendo en el papel en esta puesta que por ser históricamente convencional hoy día resulta una auténtica rareza en Europa. Andrew Schroeder, Federica Brabaglia y Massimiliano Pisapia la secundan eficaces bajo la batuta de Marcello Rota (Roberto Devereux, NAXOS 2.110232).
Eva Mendes, la latina de moda en Hollywood, encarnará a la mítica cantante de ópera Maria Callas. Lo hará en Greek Fire, el biopic que llevará a la gran pantalla a ajetreada vida de la legendaria soprano.
Pocos son todavía los detalles que se conocen sobre este proyecto que todavía no tiene ni siquiera director. Lo que sí está claro es que la película, que contará con un guión de Julian Fellowes (Gosford Park, La reina Victoria) se centrará sobre todo en la intensa y tortuosa relación que la diva estadounidense de origen griego vivió con el millonario Aristóteles Onassis.
“Será una historia que refleje el impacto que el amor puede tener en una estrella. Maria estuvo enamorada de Onassis y cuando su romance se rompió ella comenzó a perder la voz”, recuerda Cristof Riandee, uno de los productores del proyecto.
Mendes acaba de rodar junto a Keira Knightley Last Night, un drama romántico sobre la infidelidad en el seno del matrimonio y tiene pendiente todavía el remake de Teniente corrupto, donde volverá a coincidir con Nicolas Cage tras la decepcionante adaptación de El motorista fantasma.
Cuando era la Callas, sobre el escenario o en las glamourosas fiestas, era una diosa casi intocable; sin embargo, cuando era simplemente Maria, en sus inicios, junto a su padre -al que adoraba-, junto a su madre -con la que siempre mantuvo una tensa y difícil relación-, su hermana Jacqueline -la guapa y la artista de la familia-, o en la intimidad de su alcoba, se convertía en una mujer víctima de sus inseguridades y de la falta de amor, que la acompañó durante toda su vida.
Esto es lo que ha querido reflejar el periodista italiano Alfonso Signorini, director de la revista «Chi», dedicada al mundo del espectáculo, en el libro «Tan fiera, tan frágil». Publicado en 2007, coincidiendo con la celebración del 30 aniversario del fallecimiento de la Divina, sola, en su apartamento de París, Lumen acaba de editar su traducción al castellano.
Correspondencia privada
Mucho se ha escrito sobre Maria Callas de su voz y de su apasionada relación con el armador griego Aristóteles Onassis. El autor, admirador de la diva desde su infancia -«mis abuelos se enamoraron escuchando «La Traviata»», explica en la solapa del libro- ha querido aportar algo más a toda esa visión que se ha dado de la estrella: la de la persona. El acceso a la correspondencia privada de la soprano, le ha permitido hilvanar a modo de novela algunos de los acontecimientos de la vida íntima de la artista.
Nacida en 1923 en el seno de una familia de inmigrantes griegos que se instalaron en Nueva York, Signorini no escatima algunos detalles escabrosos y otros terriblemente dolorosos para la artista. De hecho, la narración arranca en uno de los escenarios más tristes de la vida de la cantante: el cementerio, a las afueras de Milán, donde enterró a su único hijo, fruto de su relación con Onassis, y que falleció pocas horas después de nacer. Un lunes al mes visitaba de manera regular su tumba en solitario, al abrigo de miradas indiscretas, hasta su muerte, en 1977.
El escritor y periodista se detiene especialmente en los comienzos de Maria Anna Cecilia Sophia Kalogeropoulos -ése era su nombre completo-, cuando era una niña con sobrepeso, poco agraciada en lo físico pero que destacaba por tener una maravillosa voz. Una voz en la que su madre vio el pasaporte para salir de la pobreza. Después de la separación del padre y el regreso a Grecia, Signorini sitúa los comienzos «artísticos» de la Callas -gestionados por su madre- en las tabernas del Pireo, cantando para los marineros por cinco dracmas y un plato de sopa. Alejada de su padre, mujeriego y poco dotado para los negocios, Maria buscó el cariño en sus primeros escarceos amorosos, poco rentables en opinión de su progenitora, que se encargó de ponerles fin.
Maria se dio cuenta entonces de que la única manera de liberarse era convertirse en la Callas. Para ello contaba con una gran aliada, su voz, y su ambición. Una vez de vuelta a Nueva York, Maria trabajaría duro para convertirse en la mejor del mundo, en la única, aunque para ello tuviera que enfrentarse con la reina de la Scala, otra diva, la Tebaldi…
El periodista italiano realiza también un recorrido por su debut en Verona, donde conoció a su marido, Giovanni Battista Meneghini, y sus papeles emblemáticos, Medea, Norma… Datos que aliña con otros más anecdóticos, como el método que utilizó para adelgazar 35 kilos, o su encuentro con Marylin Monroe.
La última visita a Onassis
A diferencia de otros autores, Signorini mantiene que la estrella siguió viendo al armador griego, después del matrimonio de éste con Jackie Kennedy. E incluso se aventura a reconstruir el supuesto último encuentro de Maria Callas con Onassis en el lecho de muerte de éste, en un hospital de París.
El libro le fascinó tanto al productor Guido de Angelis, que llegó a declarar públicamente su interés por llevarlo a la gran pantalla, y que incluso se lo había mandado a la actriz Penélope Cruz para ver si lo quería protagonizar. Tras varios días de titulares afirmando que se convertiría en la Callas, la actriz madrileña desmintió la noticia.